Viernes día 6 de Noviembre de 2009.
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La sexualidad y la discapacidad, ¿cuestión de separación?
La sexualidad de las personas con algún tipo de discapacidad se ha percibido de manera irrelevante, en tanto no se expresa en forma de conductas con un matiz erótico o sexual-genital, en cambio, se percibe como un problema cuando dichas conductas se manifiestan, de suerte tal, que es hasta entonces cuando preocupa a las familias de estas y tratan de “solucionar” de alguna forma las problemáticas que se les presentan.
Aunque en la mayoría de los círculos académicos existen acuerdos sobre la conveniencia y utilidad de proveer una educación de la sexualidad, como base imprescindible de cualquier programa de intervención, las actitudes de la población en general ante la sexualidad de las personas con discapacidad son de rechazo encubierto o abierta negación, debido a la carga social y valoral que pesa sobre los conceptos de déficit (torpeza, locura, fealdad, incapacidad) y de sexualidad (pornografía, vergüenza, pecado).
En este orden de ideas, las posiciones de los centros educativos y las familias en relación con estas personas, han estado tradicionalmente asociadas con una concepción muy limitante del sujeto que presenta alguna discapacidad, hecho que impide su integración en el entorno escolar, social y laboral, ya que ha inducido a prácticas educativas segregadoras que obstaculizan aún más sus posibilidades de desarrollo.
Esta posición, centrada en el déficit, producido por causas orgánicas difícilmente modificables, innatas e incurables, ha tenido consecuencias importantes en su desarrollo integral y por ende en el ejercicio de su sexualidad.
Así, desde el momento en que padres y educadores reciben el diagnóstico temprano del niño como "discapacitado", con sus actitudes y acciones inician un cerco que lo aísla de los contactos que toda persona necesita para construir las normas y reglas que aseguran su integración a la sociedad.
Esta afirmación se realiza con base en que todo intercambio social ocurre entre sujetos sexuados cuyas conductas están reguladas por sistemas de creencias, normas, costumbres y valores que circunscriben las formas permitidas de relación en los diferentes escenarios sociales donde las personas aprenden y desarrollan sus habilidades para interpretar roles de padres, madres, esposas, esposos, hijos, hijas, maestros, maestras, amigos, amigas, novios, novias.
Estas habilidades para interactuar con otros y otras, se adquieren a través de un largo proceso de socialización construido fundamentalmente en la familia y en la escuela, donde el individuo incorpora e introyecta, de manera inconsciente, los estereotipos sociales en su comportamiento como hombre o mujer, que a su vez generan en las personas expectativas relacionadas con su vida adulta, en la que se incluye, por supuesto, sus posibilidades y derechos a una vida sexual en pareja y a ser productivos.
En cambio, las personas que no acceden a este proceso de socialización, presentan dificultades para asimilar dichas formas convencionales de comportamiento y por ende, las normas reguladoras de la convivencia. De ahí que uno de los puntos centrales de preocupación en los padres de familia este relacionado con la toma de decisiones acerca del futuro de sus hijos, acerca de sus posibilidades de expresión sexual cuando sea adulto o adulta, de quién debe tomar decisiones acerca de ejercicio de la paternidad o la maternidad o sobre su posible esterilización, y cómo o desde cuándo se les debe preparar para ello.
Las dudas y temores surgen cuando la concepción de sexualidad se liga directamente a la idea de genitalidad y procreación y genera ansiedad ante la idea de que la sexualidad activa de personas con discapacidad dé lugar a más niños o niñas con discapacidad, y moviliza a diferentes sectores de la comunidad para limitar su derecho a experimentar o demostrar sus necesidades básicas de relación y afecto en el terreno sexual.
Estas restricciones que se imponen al derecho de los individuos de ser dueños de su vida sexual, se sustentan en criterios relacionados con su grado de déficit y en predicciones sobre su capacidad o incapacidad para ser social y laboralmente productivos y para manejar “adecuadamente” sus relaciones de pareja.
Sin embargo, frente al cuestionamiento de si la sexualidad de las personas con algún signo de discapacidad, es diferente de la sexualidad de los denominados “normales”, los expertos establecen que no existe diferencia alguna en cuanto al origen, constitución y desarrollo de su sexualidad; Se constituye y desarrolla respetando los principios encontrados en cualquier persona con la salvedad de que por las características particulares de su desarrollo, y las condiciones que dificultan su proceso de socialización, tienden a manifestar en ocasiones comportamientos eróticos y sexuales fuera de la norma, y con ello se refuerza la creencia de que su sexualidad es anormal o patológica y de que son incapaces de lograr autonomía y “control” en este terreno.
Por lo anterior, es importante transformar concepciones, romper con los estereotipos predominantes y tratar de entender al sujeto a partir de recursos que provean información y formación en el ámbito de la sexualidad, tanto entre la población en general, como entre la población que presenta algún signo de discapacidad, y no a partir de las “limitaciones” de la segunda, como tradicionalmente se ha hecho.
Desde esta perspectiva, la educación de la sexualidad se centra en el uso y la difusión de los recursos disponibles orientados hacia el desarrollo de procesos de aprendizaje conjunto entre las personas que presentan algún signo de discapacidad y entre quienes se relacionan con ellas.
La convivencia con un mundo del que la persona con algún signo de discapacidad está separado, en el aquí y en el ahora, le puede brindar una amplia diversidad de experiencias y oportunidades de interacción con otras y otros. Es en este mundo donde puede y es necesario que aprenda a construir las estrategias para satisfacer sus impulsos y sus necesidades afectivas sin ponerse en conflicto con el orden social.
Este articulo a sido escrito por Salvador Matín Camacho y López.
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